El amor es el motor de mucho de lo que sucede en nuestras vidas. Y en el arte no puede ser la excepción. Amor como un gran universo donde no está de forma única sino que incluye por antonomasia al desamor y otras facetas como la pasión, los celos, la melancolía, la alegría, entre un sinfín de emociones generadas, incluso la destrucción. Existen vidas y relaciones amorosas que resultan fascinantes, y vamos a conocer algunas muy célebres.

Pégame pero no me dejes

Comenzando por, tal vez la pareja más famosa de la pintura mexicana, la de Frida Kahlo y Diego Rivera, llena de altibajos, uniones, rupturas, reuniones, engaños. De todo tuvieron, pero al final pudo más ese amor que sentían el uno por el otro.

Esta tormentosa y apasionada relación inicia en el año 1922, cuando Diego pintaba los murales de la Escuela Nacional Preparatoria y Frida era estudiante en dicho plantel; ella lo observa trabajar, pero es hasta 1928, y por mediación de Tina Modotti, que son presentados. Frida impresiona a Diego con sus pinturas, Rivera se vuelve asiduo visitante a la casa de los Kahlo, y el 21 de agosto de 1929 contraen matrimonio; él tenía 43 años, ella 22. Es el tercer matrimonio del muralista, quien ya había estado casado con la pintora rusa Angelina Petrovna Belovna, mejor conocida como Angelina Beloff, y posteriormente con Guadalupe Marín, con quien procreó dos hijas.

A pesar de que Frida pasa por alto los amoríos de Diego, ya no puede soportar la situación, y mucho menos cuando la amante es la hermana menor de ella, Cristina. Así, deciden que su matrimonio será una relación abierta donde cada quien puede tener otras parejas. La venganza de Frida se consuma con uno de los ídolos del pintor: el líder comunista Leon Trotsky, exiliado en México. En 1939 acuerdan divorciarse, pero el amor entre ellos era muy fuerte y al año siguiente vuelven a casarse. Siguen juntos hasta la muerte de Kahlo, en el año de 1954.

El amor a primera vista

Otro amor muy famoso en su época fue el protagonizado por el pintor español Salvador Dalí y la rusa Elena Diakonova, quien es mejor conocida como Gala. Son los años 30. Al momento de conocerse ella estaba casada con el poeta francés Eugène Grindel, a quien en el movimiento surrealista se le conoce como Paul Éluard. Se encuentran en un viaje a Cadaqués, en Gerona, Cataluña, y de inmediato surge este amor instantáneo y polémico; ella incluso era 10 años mayor que Dalí. En 1934 se casan por el civil y desde entonces Gala se convierte en compañera, agente, pero sobre todo la musa que inspiró grandes cuadros del maestro, llegando a retratarla en diferentes roles: es Galarina, es la Leda atómica o La Madona de Port Lligat.

Para Dalí era su todo, su razón de existir, y de ella decía que era «la única que lo salvó de la locura y de una muerte temprana». Era su universo personal y artístico. Compañera por más de cinco décadas, en las que como en todo amor enfermizo también tuvo relaciones extramatrimoniales, a lo cual él nunca se opuso. Los miedos del pintor a quedarse sin su amada, y a lo cual decía que podría soportarlo ya que amaba la vida, se convirtieron en demonios en junio de 1982. El pintor dejó de comer, intentó suicidarse y sobrevivió a un incendio en su dormitorio, lo cual se interpreta en muchas ocasiones como una nueva tentativa. Perdió a su amada y la alegría de vivir, al final Dalí muere en el año 1989. Tristemente descansan en tumbas separadas, ella en el castillo de Púbol que Dalí le regaló, y él en una cripta en su natal Figueras.

El amor prohibido y fugaz

Max Ernst de 47 años era un reconocido artista del surrealismo; nacido en Alemania, más tarde adoptó la nacionalidad francesa. Leonora Carrington era su alumna, inglesa y 27 años menor cuando se conocieron. Max está casado por segunda vez y casi sin dinero, Carrington es la hija de un adinerado y severo padre que no aprueba su relación, ni que ella pinte. Ernst está loco por Leonora, ella está loca por él. Conviven y aprenden uno del otro, en el estudio de Max en París. A Max le da pena terminar con su esposa, está atrapado en dos vidas distintas, con Leonora es libre, es “Loplop”, su alter ego, y ella es “La novia del viento”. Se mudan a trescientos kilómetros de París, a Saint-Martin.

Con dinero que obtiene de su madre y la venta de unos cuadros, Leonora compra el lugar donde el amor de los artistas produjo pinturas, esculturas, mosaicos, collages y hasta poesía. Leonora escribía cuentos que Max ilustraba. La casa fue decorada con esculturas y bajorrelieves de bestias míticas y seres híbridos, de ellos mismos en los papeles antes citados. Entre 1938 y 1939 son visitados por los surrealistas. Viven en un mundo de fantasía, son el uno para el otro, hasta que Max es enviado a un campo de reclusión en Les Milles, al ser declarado enemigo del régimen de Vichy a causa de su origen alemán y por lo que los nazis estaban haciendo en Europa. Leonora, a punto de enloquecer y con una desestabilización psíquica, huye a España ante la inminente llegada de los nazis, y por mediación de su padre es recluida en un hospital psiquiátrico de Santander, del que escapa en 1941 y llega a Portugal refugiándose en la embajada de México. Allí conoce al escritor Renato Leduc, con quien emigra a México, y se casan al poco tiempo. Por su parte, al salir del confinamiento Max es ayudado por Peggy Guggenheim a establecerse en Estados Unidos, y en 1942 se convierte en su tercera esposa.

La autodestrucción y el amor

Francis Bacon nació en Irlanda, tuvo una infancia difícil ya que padecía asma crónica, lo cual le impedía asistir al colegio de forma regular. Después de la Primera Guerra Mundial la familia se traslada a Londres. Hijo de un ex militar y criador de caballos, es expulsado en la pubertad de su hogar al darse cuenta su padre de la homosexualidad de Francis. Tras residir en París y Berlín, encuentra su vocación como pintor. Regresa a Londres, donde toma cursos de dibujo y pintura y trabaja como decorador. En 1945 ya tenía un estilo definido, donde manifestaba la vida y su lado autodestructivo, mostrando facetas como el masoquismo y el sadismo, y al ser humano vulnerable, en soledad y degradación.

Su primer gran amor es un piloto llamado Peter Lacy, quien precisamente era un ser sádico y destructivo, que solía destruir las pinturas de Francis y llegó a arrojarlo a través de una placa de vidrio. Se suicidó a causa de su alcoholismo en 1962. Bacon solía retratarlo a menudo. Sin embargo, su gran amante y modelo fue George Dyer, a quien conoció de forma fortuita en 1963. George estaba robando en su taller, a lo cual Bacon le dijo que podía llevarse lo que quisiera si se acostaba con él. Dyer fue su fuente de inspiración para innumerables cuadros hasta 1971 y su relación fue a la vez que intensa, inestable. George también sufría de depresión, y al tercer intento de suicidio terminó con su vida ingiriendo píldoras para dormir con alcohol en la noche de inauguración de una retrospectiva de Bacon.

La última relación de Francis inicia en 1975 con John Edwards, quien a la muerte del pintor heredó sus bienes.

A pesar de que usó de modelos a muchos de sus amigos, la obra de Bacon es, en su mayoría autobiográfica y permeada de ese amor obsesivo y enfermizo que tuvo con George Dyer.

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